El artículo plantea una profunda reflexión sobre la naturaleza de los comportamientos violentos y la dicotomía entre asesinos y enfermos mentales. Sostiene que, fuera de contextos excepcionales como la declaración de guerras por ambición de poder, la voluntad de matar a un igual se escapa del comportamiento humano normal. Se sugiere que estos actos violentos, impulsados por celos, fanatismo o necesidad de dominio, son indicativos de trastornos graves que requieren tratamiento.
El texto critica el sistema judicial por incluir a estas personas dentro del saco de los delincuentes, aplicándoles las mismas leyes que a ladrones o estafadores. Lamenta que, una vez cumplidas las condenas de prisión y obtenidos permisos, estos individuos puedan salir en libertad con limitaciones a menudo ineficaces, como órdenes de alejamiento, que no impiden su posible reincidencia.
Como ejemplo concreto, se menciona un suceso ocurrido recientemente en la plaza Tarradellas de Figueres, donde un asesino, supuestamente motivado por los celos, mató a una persona a plena luz del día. El autor subraya que este perfil de delincuente no debería tener la misma facilidad para circular libremente, argumentando que se necesitan filtros más estrictos y que las segundas oportunidades no son válidas cuando la víctima ya no puede tener ninguna más.
Finalmente, el artículo hace un llamamiento a la sociedad y a quienes tienen el poder de cambiar las cosas, proponiendo que los asesinos y maltratadores sean derivados a centros especializados y sometidos a tratamientos, incluso indefinidos si es necesario, en lugar de cumplir simplemente condenas de prisión. Advierte que, mientras no se implementen estos cambios, seguirán produciéndose muertes inocentes y la sociedad solo podrá lamentarse y guardar minutos de silencio.




