Catalunya, un territorio con un 62% de superficie forestal, ha experimentado 271 incendios forestales hasta la fecha, afectando aproximadamente 122 hectáreas, de las cuales 54 eran zona arbolada y 67,7 no arbolada. En la última década, los grandes incendios forestales (GIF) han sido responsables del 66,6% de la superficie total quemada. Entre el 2016 y el 2026, se han superado las 61.700 hectáreas quemadas, agravadas por episodios extremos de sequía. El 39,8% de la superficie quemada corresponde a bosque arbolado, mientras que el resto son matorrales, pastos y superficies no forestales.
Los años más críticos, con registros alarmantes de hectáreas quemadas debido a olas de calor y sequía acumulada, han sido el 2012, 2019, 2022 y 2025. Las comarcas más afectadas son el Alt Empordà, la Ribera d'Ebre y la Segarra. En las Terres de l'Ebre, se han registrado dos grandes incendios en la última década: el de la Ribera d'Ebre en 2019 (6.000 hectáreas quemadas, iniciado en Torre de l'Espanyol por un montón de estiércol en condiciones de sequía extrema y campos abandonados) y el del Baix Ebre en Paüls en 2025 (3.200 hectáreas, con episodios virulentos que requirieron confinamientos y causaron la muerte de un bombero).
En los primeros meses del 2026, se ha observado un aumento superior al 67% en incendios de media y pequeña escala de vegetación y matorrales en comparación con el año anterior. La tierra quemada, cubierta de ceniza y desprotegida, se vuelve frágil, propensa a la erosión y pierde nutrientes vitales. La recuperación natural requiere años de tranquilidad, con la naturaleza empleando estrategias como el rebrote de plantas desde las raíces o semillas resistentes al fuego.
La gestión forestal preventiva es clave. No solo hay que limpiar, sino también favorecer especies autóctonas mediterráneas como encinas o madroños, más resistentes al fuego que los pinares. La falta de conciencia ciudadana y las negligencias humanas son causas principales de incendios. La gestión selectiva, como argumenta Jaime Baeza, catedrático en medio ambiente, reduce el riesgo de propagación. Conservar parte de la madera quemada ayuda a mantener la materia orgánica y proteger el suelo.
La gestión forestal integral, que combina conocimientos científicos, participación ciudadana, tecnología y políticas públicas, es esencial para mantener los ecosistemas forestales saludables y resilientes. La prioridad es reducir material combustible, limpiar el sotobosque, crear cortafuegos y reforestar con especies resistentes. El abandono de los bosques y la falta de gestión, junto con la meteorología adversa, son factores clave en el aumento de los incendios, que en un 90% son provocados por factores humanos.
Las administraciones públicas deben priorizar la gestión forestal y la prevención para evitar que el paisaje se vuelva gris ceniza. La recuperación del mosaico agroforestal, la ganadería extensiva y las infraestructuras estratégicas contribuyen a crear paisajes más seguros y bosques más resilientes. La sabiduría de la naturaleza en su regeneración es un proceso lento pero constante.




