La creencia popular asocia el consumo de sardinas a los meses sin la letra «r», es decir, de mayo a agosto. Sin embargo, José María Sánchez, un pescadero sevillano, aporta una nueva perspectiva basada en su observación profesional: el calor es el factor determinante para la calidad del pescado.
Según Sánchez, el aumento de las temperaturas hace que las sardinas se vuelvan más «regordetas». Por ello, considera que los meses de julio, agosto y las primeras semanas de septiembre son los momentos óptimos para degustarlas, ya que es cuando acumulan más grasa saludable y adquieren un sabor más intenso y una textura más jugosa.
“"Cuanto más aprieta el calor, más grasa está la sardina."
Esta acumulación de grasa durante los meses más cálidos no solo mejora el sabor, sino que también hace que el pescado sea más jugoso al cocinarlo. El experto recomienda una cocción breve para preservar su ternura y sugiere experimentar con marinadas de ajo, pimentón o limón para realzar sus gustos.
Para garantizar la frescura del producto, Sánchez aconseja fijarse en el olor: las sardinas frescas desprenden un suave aroma marino, mientras que un olor muy fuerte puede indicar que no están en su mejor momento.




