El autismo en niñas: un diagnóstico tardío y un camino lleno de desafíos para las familias

La historia de una adolescente de 14 años evidencia el retraso en la detección y la falta de recursos para el autismo femenino.

Imagen genérica de unas manos infantiles con una pieza de puzle, simbolizando la complejidad del autismo.
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Imagen genérica de unas manos infantiles con una pieza de puzle, simbolizando la complejidad del autismo.

La historia de una adolescente de 14 años con autismo pone de manifiesto las dificultades en la detección, la falta de recursos y los límites de la escuela inclusiva, especialmente en el autismo en femenino, que a menudo pasa desapercibido durante años.

La madre de una adolescente con autismo, que prefiere mantener el anonimato, relata que los primeros indicios aparecieron cuando su hija tenía cerca de un año. Sin embargo, el diagnóstico definitivo no llegó hasta los tres años y medio, después de un largo e incierto recorrido por diversos profesionales y servicios. Esta trayectoria generó a la familia una gran angustia y desgaste emocional, marcada por la incertidumbre y la lentitud del proceso.
Con el tiempo, las dificultades de la niña en el lenguaje, la conducta y la interacción social se hicieron más evidentes. La familia destaca el impacto emocional de este proceso, que afectó profundamente la dinámica familiar. Actualmente, con 14 años, la joven continúa enfrentándose a retos de integración social y académica, y la familia considera un cambio de centro educativo para mejorar su situación.
El camino hacia el diagnóstico fue complejo. Después de visitar diversos profesionales privados en Girona y el servicio público de atención temprana (CDIAP), ningún especialista confirmó el autismo, atribuyendo las dificultades a un retraso madurativo o problemas de lenguaje. La familia buscó respuestas en un centro especializado en Barcelona, vinculado al Hospital Sant Joan de Déu, y consultó a una neuropediatra privada, sin obtener un diagnóstico claro en ninguno de estos casos.
Finalmente, el diagnóstico llegó casi por casualidad, después de un verano particularmente difícil y la intervención de una psicóloga experta en autismo, también vinculada al Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona. Esta profesional confirmó la sospecha de autismo y recomendó las pruebas diagnósticas, que culminaron con el diagnóstico a los tres años y medio.

"Si no hubierais venido, aún estaríais dando vueltas."

la psicóloga
Una de las razones de este retraso es lo que los especialistas denominan autismo en femenino. Las niñas a menudo presentan estrategias sociales diferentes a las de los niños, como el interés por relacionarse o imitar conductas, que tradicionalmente se han interpretado como incompatibles con el autismo. Estas diferencias hacen que el diagnóstico llegue más tarde en las niñas, ya que las dificultades sociales más sutiles pasan desapercibidas.
El diagnóstico aportó claridad, pero también abrió una nueva etapa de incertezas y evidenció el coste emocional para la familia. La presión constante y el desgaste acumulado afectaron la dinámica familiar, y la madre reconoce que la situación influyó en su separación. Estudios indican que las familias con hijos con discapacidad presentan tasas de separación más elevadas debido al estrés y la falta de tiempo personal.
La adolescencia, una etapa ya compleja, multiplica las dificultades para la joven. Le cuesta establecer vínculos profundos con los compañeros y percibe un rechazo sutil. La sensación de no encajar es persistente, y el reto principal no es solo el aprendizaje, sino la convivencia social. La joven no se identifica ni con el grupo ordinario ni con el Aula de Educación Especial, donde los alumnos presentan afectaciones más severas.

"No sufre acoso abierto, pero percibe el rechazo sutil, la etiqueta no se la quita nadie."

la madre de la adolescente
Desde primaria, ir a la escuela se convirtió en una lucha diaria. El aumento de las exigencias académicas y la complejidad de las relaciones sociales durante la adolescencia hicieron evidente que el modelo educativo ya no funcionaba. Finalmente, la propia joven pidió un cambio de centro, donde comenzará tercero de ESO en un entorno de educación especial. Esta decisión, a pesar de las contradicciones, busca un espacio donde pueda dejar de sufrir.
El caso pone de manifiesto los límites de la escuela inclusiva. Aunque los centros ordinarios disponen de recursos como cuidadores o maestros de educación especial, estos a menudo son insuficientes y no están diseñados para las necesidades específicas del autismo. La joven ahora pasa la mayor parte de la jornada en un espacio con más apoyo educativo, pero este acompañamiento llega después de un largo y agotador recorrido para la familia.