Una investigación multidisciplinar de la URV, liderada por Jordi Duch, Mercè Gisbert Cervera y Roger Miralles i Jori, señala que muchas aulas universitarias todavía responden a un modelo de enseñanza unidireccional, con mobiliario fijo y tecnologías poco flexibles. Esta rigidez no favorece las metodologías activas, el trabajo en grupo ni la experimentación docente.
Los investigadores defienden que el espacio universitario no es un simple contenedor, sino que su configuración (forma, mobiliario, iluminación, acústica y tecnología) condiciona las actividades pedagógicas. Un entorno adaptable, según Jordi Duch, investigador del Departamento de Ingeniería Informática y Matemáticas, facilita el diálogo, la colaboración y la participación del estudiantado.
Sin embargo, la investigación subraya que la arquitectura por sí sola no determina los resultados educativos. El aprendizaje depende de la interacción entre personas, metodologías, espacio y tecnología. Un aula innovadora puede ser ineficaz sin objetivos pedagógicos claros, al igual que un espacio tradicional puede mejorar con herramientas digitales flexibles, apunta Mercè Gisbert, del Departamento de Pedagogía.
La propuesta relaciona las características de los espacios con diferentes niveles de aprendizaje. Mientras que actividades como recordar o comprender información se pueden realizar en espacios estáticos, procesos más complejos como analizar, evaluar o crear se benefician de entornos abiertos, reconfigurables y con herramientas adaptables. El modelo se basa en la potencialidad (capacidad del entorno para favorecer el pensamiento crítico y la creatividad) y la permeabilidad (conexión entre espacios físicos y digitales, aprendizaje formal e informal, y universidad y entorno social).
La flexibilidad se puede lograr modificando el espacio, la tecnología o ambos. Incluso con limitaciones presupuestarias, las universidades pueden transformar progresivamente sus entornos mediante mobiliario móvil, pizarras digitales interactivas o plataformas de interacción en tiempo real.
La investigación también critica que muchos campus se han diseñado priorizando la perspectiva del profesorado y la gestión, resultando en un predominio de aulas magistrales y escasez de espacios abiertos. Para revertir esto, los autores defienden un diseño participativo que incluya estudiantes, docentes, gestores, tecnólogos y arquitectos, para identificar mejor las necesidades de los usuarios finales.
Se destaca la importancia de incorporar la diversidad de capacidades, orígenes y maneras de aprender, con criterios de accesibilidad e inclusión desde el principio, como mobiliario ergonómico, iluminación regulable y tecnologías de apoyo. También se plantea la perspectiva de género para evitar desigualdades en el uso de los espacios.
En cuanto a la tecnología, se defiende una "integración invisible", donde los sistemas sean fáciles de usar, compatibles y no añadan carga adicional. La inteligencia artificial generativa, por ejemplo, puede personalizar itinerarios formativos y apoyar la evaluación si se utiliza de manera accesible y coherente.
La transformación de las aulas requiere también un cambio organizativo y cultural, pasando de una gestión centrada en la ocupación a una que busque la configuración más adecuada para cada actividad. Se propone empezar con intervenciones de pequeña escala, como reorganizar mobiliario o aprovechar espacios comunes, poniendo la pedagogía y las necesidades de las personas en el centro del diseño.




