En los últimos años, el discurso de las competencias ha ganado un protagonismo indiscutible en el sistema educativo. El énfasis en habilidades como trabajar en equipo, resolver problemas, comunicarse y adaptarse pretende formar alumnos polivalentes, capaces de hacer frente a un mundo cambiante. Sin embargo, esta fascinación acrítica por las competencias genera una preocupación creciente: la pérdida del sentido más profundo de la educación.
Cuando el relato oficial minimiza la importancia de los contenidos en favor del "saber hacer", se transmite un mensaje peligroso que relega el conocimiento, la cultura y el pensamiento a un segundo plano. Esta visión es errónea, ya que sin conocimiento no hay criterio, y sin criterio no hay ciudadanos libres. Un alumno puede dominar todas las habilidades competenciales y, aun así, no comprender el mundo que le rodea.
La deriva actual convierte la escuela en un espacio de entrenamiento continuo, casi un gimnasio de habilidades. No obstante, la educación es un proceso lento y profundo que busca formar personas completas, no solo entrenar capacidades. Reducir el aprendizaje a situaciones prácticas y aplicables supone renunciar a la dimensión más noble de la tarea educativa: transmitir cultura, despertar preguntas, construir pensamiento y ofrecer herramientas para comprender la complejidad del mundo.
Esta obsesión por las competencias a menudo esconde una voluntad de hacer la escuela "útil" desde criterios económicos, preparando a los jóvenes principalmente para un mercado laboral incierto. La educación no debe ser un apéndice de la economía ni los jóvenes deben ser convertidos en productos adaptables, sino en ciudadanos críticos y libres capaces de transformar la sociedad.
Las competencias son necesarias, pero no pueden sustituir la cultura, el pensamiento, la lectura, la memoria, la curiosidad o el placer de comprender. Si la escuela renuncia a ellas, pierde su razón de ser, dejando alumnos competentes pero potencialmente vacíos por dentro. La educación debe preparar para la vida y darle sentido, algo que solo es posible si se tiene presente que, antes de ser competentes, los alumnos deben ser personas formadas.




