La sátira política a menudo nos obliga a cuestionar la realidad. El autor utiliza la imagen de un hipotético Donald Trump sosteniendo una medalla del Nobel de la Paz con satisfacción infantil, mientras María Corina Machado apenas la sujeta, para ilustrar cómo el galardón puede convertirse en una pista de juguete al servicio de los caprichos del poder.
Históricamente, rechazar el Premio Nobel ha sido casi inaudito. Un caso a medias fue el de Boris Pasternak, ganador del Nobel de Literatura en 1958, que quiso aceptarlo pero fue obligado a renunciar públicamente por el régimen soviético. Esta situación demostró cómo el reconocimiento puede convertirse en un problema cuando el poder interviene.
El primer rechazo voluntario fue el de Lê Đức Thọ, quien rechazó el Nobel de la Paz en 1973. Le había sido concedido por los Acuerdos de París, que debían poner fin a la Guerra de Vietnam, compartido con Henry Kissinger. Lê Đức Thọ argumentó que no podía aceptar el premio porque, a pesar de las negociaciones, la guerra continuaba, poniendo en evidencia la ficción de una paz inexistente.
“"Aceptar el Nobel suponía dejar que otros decidieran qué representabas. El ser humano está condenado a ser libre."
El otro caso de rechazo famoso es el de Jean-Paul Sartre, quien rechazó el Nobel de Literatura en 1964. En su caso, el motivo era puramente filosófico: desconfiaba de los premios en general, ya que pensaba que convertían al autor en una institución y lo separaban del conflicto social y de su libertad individual.




