Durante el conflicto, los republicanos llevaron a cabo una reescritura de la toponimia, un fenómeno que el catedrático de Geografía de la Universitat de Barcelona, Joan Tort, describe como habitual en procesos revolucionarios. Esta iniciativa afectó principalmente a los nombres con connotaciones religiosas, como Sant Feliu de Guíxols, que pasó a ser simplemente Guíxols, o aquellos vinculados a dominios señoriales, como Molins de Rei, rebautizado como Molins de Llobregat.
“"La sustitución de la toponimia vigente por una nueva es habitual en procesos revolucionarios y cuando hay cambios en el régimen político."
Los cambios iniciales, impulsados por los comités populares en un contexto de "agitación y desgobierno" después del golpe de estado del 18 de julio de 1936, se realizaron sin una regulación clara. No fue hasta octubre de 1936 que la Generalitat republicana intervino, estableciendo que los ayuntamientos debían aprobar los cambios, los cuales posteriormente requerían la validación del Consell de la Generalitat.
Los criterios para los nuevos nombres incluían la supresión de "Sant" o "Santa", la incorporación de elementos geográficos (como Puigsacalm para Sant Privat d'en Bas) o referencias históricas (como Empori para Sant Pere Pescador). Un ejemplo destacado de la inventiva e improvisación fue el cambio de Sant Boi de Llobregat a Vilaboi, un nombre que, según Tort, "suena a invención" y refleja la falta de planificación en muchos casos.
Con la victoria del bando nacional en abril de 1939, los 124 cambios de nombre fueron declarados nulos. Muchos municipios recuperaron sus denominaciones anteriores, pero algunos fueron castellanizados por el régimen franquista. Así, Vilaboi volvió a ser Sant Boi de Llobregat, pero posteriormente se convirtió en San Baudilio de Llobregat. De manera similar, Sant Cugat del Vallès, que había sido Pins del Vallès, pasó a ser San Cucufate del Vallés.
Este episodio, a menudo poco conocido, forma parte de la historia de los perdedores de la guerra y fue un cambio profundo pero de corta duración, seguido por un largo período de silencio durante el franquismo. A pesar de ello, algunos municipios, después de la muerte de Franco, decidieron recuperar oficialmente los nombres adoptados durante la etapa republicana, como Bellaguarda o Vilanova del Vallès.




