Bea Seixas, especialista en Social Media Marketing y fundadora de Social Sapiens, analiza cómo la economía de la atención está transformando la comunicación de marcas y creadores en redes sociales.
Nunca se ha publicado tanto contenido. Nunca ha habido tantas herramientas para producirlo. Y nunca había sido tan difícil conseguir atención.En poco más de una década, las redes sociales han cambiado de escala. Primero se popularizó la figura del influencer y, a su alrededor, nació toda una industria vinculada a la creación de contenidos. Con el tiempo aparecieron nuevas categorías para ordenar un ecosistema cada vez más profesionalizado: microinfluencers, macroinfluencers, celebrities o creadores especializados.Al mismo tiempo, producir contenido se hizo cada vez más sencillo. Editar una fotografía, montar un vídeo, añadir música, subtítulos o efectos dejó de requerir conocimientos técnicos avanzados. Las herramientas se volvieron más intuitivas y quedaron directamente conectadas con las propias plataformas. Hoy puede crear y publicar contenido prácticamente cualquiera, desde un niño hasta un abuelo.
Eso cambió por completo la escala de producción”, explica Bea Seixas, especialista en Social Media Marketing y fundadora de Social Sapiens. “No solo aumentó el número de profesionales dedicados a crear contenido. También se redujeron enormemente las barreras para producirlo y publicarlo”.
A esa transformación se ha sumado en los últimos años un nuevo acelerador: la inteligencia artificial. En apenas unos años, estas herramientas se han incorporado a los procesos habituales de agencias, marcas y equipos de comunicación. Se utilizan para generar ideas, investigar, redactar, diseñar imágenes, editar vídeos o adaptar una misma pieza a distintos canales y formatos.El resultado es una paradoja cada vez más evidente: la capacidad de producir contenido parece casi ilimitada, mientras que la capacidad humana para prestarle atención sigue siendo limitada. Y es precisamente ahí donde comienza la verdadera competición.
La economía de la atención
La idea no nació con Instagram, TikTok ni YouTube.Hace décadas, el economista Herbert Simon ya advertía de que una abundancia de información provoca, inevitablemente, una escasez de atención. Cuanta más información existe, más difícil resulta decidir a qué dedicar tiempo y capacidad mental.
Las redes sociales han llevado esa lógica a una escala inédita. Cada vez que una persona abre una plataforma se encuentra con una sucesión prácticamente infinita de vídeos, fotografías, noticias, opiniones, anuncios, conversaciones y recomendaciones. Todo está disponible de forma inmediata, pero el tiempo del usuario sigue siendo el mismo.
Eso es, en esencia, la economía de la atención: un entorno en el que captar y mantener la atención se convierte en un recurso con valor económico. Las plataformas necesitan que permanezcamos dentro de ellas. Los creadores necesitan que veamos sus contenidos. Los medios necesitan lectores. Los anunciantes buscan impactos. Y las marcas intentan ocupar un espacio dentro de ese flujo constante de estímulos.
“La atención siempre ha sido importante en comunicación”, señala Seixas. “Lo que ha cambiado es la cantidad de contenidos que compiten al mismo tiempo por conseguirla”.
Las marcas ya no compiten solo con otras marcas
Durante mucho tiempo, analizar la competencia de una empresa significaba observar a otras compañías que ofrecían productos o servicios similares. En redes sociales, esa lógica resulta insuficiente.Un hotel no compite únicamente con otros hoteles. En el momento en que aparece en el feed de una persona puede estar compitiendo por su atención con un vídeo de humor, una receta, una noticia, una fotografía de un amigo, una serie o cualquier otro contenido que la plataforma haya decidido recomendar.
“La competencia por la atención es transversal. Al usuario no le importa que una publicación sea de una empresa y la siguiente sea entretenimiento. Las dos aparecen en la misma pantalla y las dos le están pidiendo tiempo”, explica Seixas.
Esto obliga a las marcas a ampliar la mirada. Ya no basta con estudiar qué hace la competencia directa. También es necesario entender qué otros contenidos están captando la atención de las personas con las que queremos conectar y qué expectativas están generando esas experiencias.
La competencia por la atención es transversal. Al usuario no le importa que una publicación sea de una empresa y la siguiente sea entretenimiento. Las dos aparecen en la misma pantalla y las dos le están pidiendo tiempo”, explica Seixas
Algoritmos más sofisticados, una experiencia más prsonalizada
La evolución de las redes sociales no solo ha multiplicado la cantidad de contenido disponible. También ha cambiado profundamente la forma en que ese contenido se distribuye.Los algoritmos se han vuelto mucho más sofisticados y han transformado la experiencia desde los dos lados de la pantalla. Para el usuario, el consumo es cada vez más personalizado. Las plataformas aprenden qué contenidos ve, cuáles ignora, cuánto tiempo permanece en ellos, con cuáles interactúa y qué temas parecen interesarle. Con esas señales construyen una experiencia cada vez más adaptada a su comportamiento.
El usuario ya no entra necesariamente en una red social para ver únicamente lo que publican las cuentas que sigue. Entra en un sistema de recomendación que intenta anticipar qué contenido puede interesarle más”, señala Seixas.
Para marcas y creadores, la consecuencia es distinta. El trabajo se ha vuelto más exigente. Las plataformas necesitan contenido nuevo de forma constante, pero al mismo tiempo cada pieza tiene que competir dentro de un entorno mucho más profesionalizado.“Desde el lado de la creación se produce una cierta contradicción. El algoritmo pide volumen, pero también calidad”, explica Seixas. “Hay que mantener una frecuencia de publicación y, al mismo tiempo, conseguir que cada pieza tenga suficiente capacidad para competir por la atención”.
Esto se traduce en más formatos, más vídeo, más adaptación, más análisis y una presión creciente sobre los equipos de comunicación. La competición ya no consiste únicamente en producir contenido. Consiste en conseguir que el sistema lo distribuya y que, una vez delante del usuario, ese contenido resulte suficientemente relevante como para detenerlo.
La carrera por detener el scroll
La respuesta de marcas y creadores a este entorno ha sido intentar captar la atención cada vez más rápido. Los primeros segundos de un vídeo se han convertido en un territorio estratégico. Se multiplican los hooks, las preguntas directas, los titulares contundentes, los cortes rápidos, los subtítulos, los audios reconocibles y las fórmulas narrativas diseñadas para evitar que el usuario continúe deslizando la pantalla.Todas estas herramientas pueden ser útiles. El problema aparece cuando detener el scroll deja de ser un recurso y se convierte en el objetivo principal.
Hay una obsesión por conseguir que alguien pare, pero detenerlo durante tres segundos no significa necesariamente que hayas conseguido comunicar algo”, apunta Seixas.
Una visualización demuestra que un contenido ha pasado por delante de alguien, pero no necesariamente que haya sido comprendido. Mucho menos que haya generado recuerdo, confianza o una asociación clara con la marca.
Cuando todas las marcas intentan destacar de la misma manera
La presión por captar atención genera además otra paradoja. Las marcas observan qué funciona, repiten estructuras, adoptan formatos y se suman a tendencias que ya han demostrado capacidad para generar alcance.
Es una reacción lógica. Si algo funciona, parece razonable reproducirlo. Pero cuando miles de cuentas utilizan al mismo tiempo los mismos recursos, aparece un efecto inesperado: cuanto más intenta todo el mundo destacar, más empieza todo a parecerse.
“La tendencia puede ser una herramienta creativa, pero el problema aparece cuando se utiliza sin preguntarse si tiene sentido para la marca”, explica Seixas. “Si todas hablan igual y utilizan las mismas fórmulas, captar atención puede terminar costándoles identidad”.
El riesgo no está en adaptarse al lenguaje de una plataforma. Está en permitir que la lógica de la plataforma termine decidiendo por completo cómo comunica una marca.
Captar atención no significa comunicar bien
En este contexto existe una tentación evidente: interpretar que más siempre significa mejor. Más visualizaciones, más alcance, más reproducciones o más seguidores parecen indicadores claros de éxito.Pero no toda atención tiene el mismo valor.
Una marca puede alcanzar a cientos de miles de personas y no dejar ningún recuerdo. Otra puede llegar a muchas menos y conseguir que una parte de esas personas recuerde su nombre, entienda lo que representa o piense en ella cuando necesite un determinado producto o servicio.
Por eso conviene diferenciar entre atención, notoriedad, recuerdo y confianza. Son conceptos relacionados, pero no equivalentes.
Cuando analizamos un contenido únicamente por el número de visualizaciones perdemos una parte importante de la fotografía”, explica Seixas. “La pregunta debería ser qué ha provocado esa atención y, sobre todo, qué queda después”.
De detener a dejar huella
Una estrategia de contenidos debería entender la atención como un recorrido. Primero hay que conseguir que alguien se detenga. Después, darle una razón para permanecer. Y finalmente, lograr que algo quede: una idea, una emoción, una asociación, una pregunta, una solución o una determinada percepción de la marca.La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia la forma de plantear una estrategia. Si el único objetivo es conseguir atención, cualquier recurso capaz de generarla podría considerarse válido. Si el objetivo es construir marca, las preguntas son otras: qué tipo de atención queremos, de quién, para contar qué y con qué efecto.
Adaptarse al algoritmo sin perder la identidad
Ignorar las reglas de las plataformas sería ingenuo. Las marcas necesitan conocer los formatos, entender cómo se consume contenido y observar qué señales favorecen su distribución.“Hay que conocer las plataformas, pero una estrategia no puede construirse únicamente alrededor de lo que el algoritmo parece premiar esta semana”, sostiene Seixas. “Las plataformas cambian. La identidad de una marca debería tener algo más de recorrido”.
Ahí está una de las grandes tensiones actuales de la comunicación digital: adaptarse sin desaparecer dentro de la tendencia, entender el algoritmo sin convertirlo en director creativo y ser relevante sin terminar hablando exactamente igual que todos los demás.
De conseguir atención a merecerla
La producción de contenido seguirá creciendo. La inteligencia artificial reducirá todavía más las barreras para crear textos, imágenes, vídeos y piezas publicitarias. Habrá más contenido, producido más rápido y probablemente con un nivel técnico cada vez mayor.Pero nuestros días seguirán teniendo veinticuatro horas.
La atención seguirá siendo limitada.
Por eso, quizá el gran reto de las marcas no sea producir más, publicar más veces o hacer más ruido. Será encontrar algo suficientemente relevante, reconocible o útil como para que alguien decida dedicarle unos segundos entre miles de posibilidades.
Porque en la economía de la atención conseguir que nos miren puede ser una pequeña victoria. Conseguir que exista una razón para recordarnos es otra cosa.