Nil, vecino de Granollers, tuvo que adquirir un segundo vehículo para garantizar su llegada a Castelldefels, donde estudia, tras dos años de continuas incidencias en la línea R2. Esta decisión, aunque asegura la puntualidad en días clave como los de examen, ha incrementado el gasto en gasolina y le ha obligado a sufrir las caravanas de la AP-7.
“"Mi intención siempre ha sido moverme en tren, pero los días de examen no me la puedo jugar. La única opción es ir conduciendo."
Esta problemática se repite en otras líneas como la R4. Marta, que vive en Gelida y trabaja en Vilafranca del Penedès, ha dejado de usar el tren por completo, ya que el trayecto de 15 minutos era inviable por los retrasos. Critica que el gasto mensual para ir a trabajar se ha multiplicado por tres o cuatro, pasando de una T-Jove de 40 euros a 100-150 euros de gasolina.
El impacto no es solo económico, sino también físico y emocional. Judit, que viaja de Girona a Barcelona, ha tenido que normalizar avisar de que llegará tarde, calculando siempre al menos media hora de retraso. Otros, como Alba y Lluc, han optado por soluciones drásticas, como cambiar de trabajo o trasladarse a Barcelona entre semana para evitar la incertidumbre de la red.
“"He llegado a llorar en el andén de la impotencia."




