El rector de la basílica de la Sagrada Familia ha subrayado la importancia de la obra de Gaudí como un elemento capaz de abrir el corazón de muchas personas a la fe. Esta afirmación se produce en un contexto donde la basílica no solo es un referente arquitectónico, sino también un centro espiritual activo, con un notable aumento de celebraciones religiosas y sacramentos.
La basílica ha sido testigo de visitas papales históricas, como las de Juan Pablo II en 1982 y Benedicto XVI en 2010. La visita de Benedicto XVI fue especialmente significativa, ya que dedicó el templo, ya con el interior terminado y apto para el culto. Estos eventos han marcado hitos en la historia de la Sagrada Familia, impulsando su proyección internacional y su papel como símbolo de la fe.
El crecimiento del turismo, especialmente a partir de los años 60 y con un notable interés del público japonés, ha sido clave para la financiación y la aceleración de las obras. Los ingresos generados por los visitantes, que se consideran donativos, han permitido mantener un ritmo constructivo elevado. Además, una parte de estos fondos se destina a un fondo de asistencia social, demostrando el compromiso de la Junta Constructora con la comunidad.
“"Aquí experimentamos la fuerza atractiva de la Sagrada Familia para la fe. Tenemos a 170 niños que se preparan para la primera comunión, el año pasado tuvimos más de 60 bodas y más de 200 bautizos de niños. En abril, 13 adultos recibieron el bautismo."
A pesar de la crisis de vocaciones sacerdotales, la Sagrada Familia sigue siendo un foco de atracción espiritual. Su capacidad para inspirar admiración y abrir el corazón a la fe es considerada uno de los "milagros" de Gaudí. La basílica acoge un gran número de celebraciones religiosas, incluyendo preparaciones para la primera comunión, bodas y bautizos, tanto de niños como de adultos.
La convivencia entre la vida parroquial y la afluencia turística se gestiona separando ambos ámbitos, buscando un enriquecimiento mutuo. La finalización de la Sagrada Familia, con la fachada de la Gloria y la entrada por la calle de Mallorca, representa un desafío para la ciudad de Barcelona, que se juega su credibilidad en la gestión de este monumento de proyección mundial.




