La conversación, que tuvo lugar en la Plaça del Poble Gitano, puso de manifiesto la persistencia de numerosos estereotipos que afectan a la comunidad gitana en Catalunya, a pesar de su presencia de más de seis siglos. Según Ida, la más joven del grupo, estos prejuicios estigmatizan profundamente su cultura.
Charo, una de las participantes, ilustró cómo la sociedad a menudo asocia a los gitanos con oficios como el mercado ambulante o la vigilancia de obras, o, en el peor de los casos, con la delincuencia. Recordó la frecuente expresión despectiva: «¿Adónde vas así? Pareces un gitano».
Los gitanos tenemos una etiqueta y no hay manera de quitarla. Trabajamos. No robamos. Hay de todo como en todas partes, como en todas las culturas.
Las mujeres mayores, Tita y Antònia, reflexionaron sobre una vida marcada por las dificultades derivadas de ser mujeres y gitanas. Antònia destacó un hecho significativo de hace más de cuarenta años, cuando fue la primera mujer gitana en obtener el carné de conducir en el barrio de Gràcia, recordando la sorpresa que generó.
Aunque reconocen que las cosas han cambiado y que la comunidad gitana ya no está tan unida como antes, también celebran la mayor libertad de la que disfrutan las nuevas generaciones. Ida, que además es albanesa y musulmana, subrayó la doble lucha de la mujer gitana: por preservar su cultura y contra una discriminación estructural que se acumula con el tiempo.
“"La mujer gitana tiene que luchar cada día."
El encuentro concluyó con una reflexión sobre el orgullo de ser gitana, un sentimiento que, según Ida, debe impulsar a las niñas a avanzar sin miedo a los prejuicios, estereotipos o racismo, demostrando que su identidad es una parte valiosa de la sociedad.




