La capacidad de fabricar herramientas ha definido a la especie humana desde sus inicios, con testimonios en la Conca de Barberà de raspadores y puntas que demuestran una inteligencia práctica. Sin embargo, el alfabeto se erige como el instrumento más trascendental creado, una invención que ha moldeado profundamente nuestra forma de intervenir en el mundo.
La idea del alfabeto, lejos de ser atribuida a una única mente, ha circulado y se ha transformado a lo largo del tiempo, consolidándose como un pilar de la comunicación. Esta herramienta, que permite la combinación de unidades para crear significado, comparte una sorprendente similitud con el genoma humano, que también se basa en una veintena larga de unidades combinables.
Entre la 'A' y la 'Z', quedamos inscritos los humanos.
Esta analogía sugiere que los humanos somos, en esencia, textos que se escriben, se leen y se modifican constantemente. Este proceso evolutivo, que continúa abierto, podría ser reinterpretado bajo la perspectiva de pensadores como Charles Darwin, quien habría aportado nuevas visiones sobre nuestra continua transformación.
En definitiva, el alfabeto no es solo un sistema de signos, sino una fuerza constructora que da forma a nuestra realidad y a nuestro entendimiento del mundo.




