La figura del 'negro literario', término que evoca la explotación, ha sido rebautizada con eufemismos como el francés prête-plume o el anglosajón ghost writer. Esta práctica es milenaria; ya en el siglo XVIII, autores como Pedro Estala escribían textos para otros, aunque hoy se considera un “pecado mortal” en el mundo de las letras, sellado por contratos de confidencialidad.
No todos los 'fantasmas' permanecen en la oscuridad. En ocasiones, la autoría se revela como colaboración, como sucedió con el presidente Sánchez y Irene Lozano, o el tenista Andre Agassi y su biógrafo J.R. Moehringer. Esta transparencia convierte la simulación en colaboración, aunque la práctica sea la misma.
Vivimos en un mundo de esencias prestadas, de autoría difusa.
En el ámbito de los discursos políticos, el escritor fantasma no solo se perdona, sino que se demanda. Detrás de la elocuencia de figuras como el expresidente Obama (con Jon Favreau) o frases icónicas como “Puedo prometer y prometo” (atribuida a Fernando Onega), la autoría se diluye en el espectáculo. La máxima ironía se alcanzó con Milli Vanilli, quienes ganaron un Grammy con el tema Girl, you know it’s true sin haberlo cantado ellos mismos.




