La discusión no se centra solo en quién paga la cena, sino en cómo se entiende la relación cuando interviene el dinero: tradición y 'caballerosidad' o igualdad y corresponsabilidad. En varios vídeos, Morant defiende que se han perdido 'gestos' como invitar y pagarlo todo, asegurando que para él, amar es 'dar' y asumir el papel de proveedor.
El límite entre ser tradicional y caer en un modelo que muchas voces consideran machista radica en si el rol económico queda fijado por género, reforzando una relación asimétrica.
Los críticos de esta postura no cuestionan la generosidad, sino el mensaje implícito que puede reforzar una dinámica de poder donde una parte tiene mayor capacidad de decisión. El feminismo ha puesto el acento en la necesidad de que el cuidado y las finanzas no recaigan por defecto en un solo lado, garantizando que nadie se sienta subordinado por motivos económicos.
Los expertos señalan que cualquier acuerdo sobre gastos debe ser real, negociado, libre y revisable, y no una norma impuesta o una expectativa social. De lo contrario, el dinero puede convertirse en un mecanismo de control o una fuente de dependencia dentro de la pareja.
La polémica ha servido para subrayar la importancia de la transparencia financiera. Cada vez gana más terreno la opción de repartir los gastos de manera proporcional a los ingresos de cada uno (por ejemplo, un 70-30), ya que esto evita que una parte quede ahogada y garantiza que el sistema no genere resentimiento ni desigualdad.




