El autor de Las flores del mal (traducción de Baudelaire) y La mar de dins regresa al formato de dietario para observar el mundo con una lucidez que encuentra belleza en los detalles simples, como “la niebla de Alpicat” o la presencia de sus nietos. Rovira afirma que las ganas de vivir y las de escribir son, para él, casi lo mismo, siendo la creación el momento de máxima intensidad vital.
“"Creo que la vejez es una edad bellísima. Me gusta ser viejo más de lo que me gustó ser joven. La juventud es como una calentura: no sabes nada y crees que lo sabes todo."
Rovira, quien perdió a su madre recientemente, destaca la “terquedad vital” de su generación, que sobrevivió a la Guerra Civil. También compara la juventud con una “enfermedad” que debe superarse para llegar a las cosas más interesantes de la vida, donde se aprovecha más el tiempo justamente porque “no sobra”.
El libro también aborda la amistad “fraternal” que mantuvo con el poeta Joan Margarit, a quien considera como el hermano mayor que no tuvo. Además, Rovira defiende la importancia de situar el arte en su contexto histórico, rechazando la condena automática de autores como Picasso o Baudelaire por criterios ideológicos actuales, ya que “la lectura debe ser contraste, no condena automática”.




