El negocio, que comenzó como un pequeño espacio con una sola butaca, ha evolucionado hasta la actualidad, conservando su ubicación original. Los hijos del fundador, que aprendieron el oficio desde pequeños, son los encargados de mantener viva la tradición y el espíritu del establecimiento.
“"Cuando éramos pequeños, nos gustaba venir aquí. De hecho, nos teníamos que poner en un taburete para llegar."
A lo largo de ochenta años, Escamilla Perruquers ha visto pasar a varias generaciones de clientes, algunos de los cuales viajan desde localidades como Sabadell, Rubí o Sant Cugat, e incluso desde Chicago, para mantener su fidelidad. Esta longevidad se basa en la satisfacción de los clientes y en la capacidad de adaptación a las nuevas tendencias.
El establecimiento también es un depositario de anécdotas del pasado, como las improvisadas sesiones de música con guitarra que organizaba el fundador o la curiosa manera de marcar la coronilla de los curas con una moneda. El oficio ha cambiado, con menos afeitados y más prisas, pero la peluquería ha sabido adaptarse a las modas, como la recuperación de los cabellos cortos y los degradados.
“"Somos como confesionarios, la gente te cuenta cosas."
Con una clientela fiel y nuevos clientes que llegan por el boca a boca, los hermanos continúan el legado familiar, convirtiendo la peluquería en un punto de encuentro y un espacio de confianza que forma parte de la memoria colectiva del barrio y de Terrassa.




