La Terrassa modernista de principios del siglo XX, con su esplendor arquitectónico, es a menudo objeto de nostalgia. Pero, ¿qué pasaría si uno de sus grandes artífices, el arquitecto Lluís Muncunill, se encontrara de repente en la Terrassa digital de hoy? Esta es la premisa de un ejercicio de imaginación que explora el choque cultural y tecnológico.
Para Muncunill, ver sus obras como la Masia Freixa o el Vapor Aymerich convertidas en iconos de la ciudad sería motivo de orgullo, pero también de sorpresa. Le costaría entender que ya no sirven principalmente a la burguesía y la industria, sino que se han transformado en símbolos de la identidad egarense. La proliferación de
selfies
y redes sociales frente a sus edificios, concebidos con una función social y práctica, no escénica, lo desconcertaría profundamente. La idea de que estas imágenes se comparten globalmente podría ser abrumadora para él.
Además, la Terrassa actual, con su crecimiento urbanístico y su diversidad social, lo desorientaría. La ciudad de hoy es un mosaico de culturas y realidades, muy diferente de la sociedad jerarquizada que él conoció. Esta pluralidad, sin embargo, podría incluso inspirarle a concebir una arquitectura más inclusiva. También se cuestionaría el cambio en los estilos constructivos, echando de menos el alma y el detalle de la arquitectura modernista en las formas más funcionales y minimalistas contemporáneas.
El ejercicio también invierte la situación: ¿qué pasaría si un ciudadano actual visitara la Terrassa de 1900? El primer impacto sería sensorial: el olor a carbón e industria, el ruido constante de máquinas y caballos, y un ritmo de vida mucho más lento, con jornadas laborales extenuantes y la presencia de niños trabajando. La indumentaria actual, con ropa cómoda y colores vivos, lo convertiría en una atracción, ya que la vestimenta de aquella época marcaba claramente la clase social y el género.
Finalmente, la realidad social de 1900, con sus contrastes extremos entre la burguesía y los obreros, sería un choque. Y, por supuesto, la ausencia total de Wi-Fi y red móvil, a pesar de la invención del teléfono décadas antes, sería el último recordatorio de la distancia temporal.




