Las funciones orales que tienen lugar durante la infancia y la adolescencia, cuando hay un crecimiento significativo, influyen directamente en el desarrollo de nuestra cara. Estos hábitos, que incluyen la respiración, la masticación, la deglución y la postura corporal, ejercen fuerzas constantes sobre los huesos del cráneo, modelando su forma, según la experta Cristina Talló, con consulta en Figueres.
La respiración afecta directamente la postura de la boca. Cuando la respiración es bucal, habitualmente se observa un crecimiento facial más vertical, lo que puede dar lugar a caras más alargadas y estrechas, así como a una menor proyección de las mandíbulas. Por el contrario, la respiración nasal, con la boca cerrada y la lengua apoyada contra el paladar, favorece un desarrollo del rostro más equilibrado.
La masticación es otro elemento clave. Los músculos masticatorios necesitan actividad para desarrollarse correctamente. Sin embargo, las dietas modernas, a menudo basadas en alimentos blandos y procesados, reducen el esfuerzo de masticar. Varias investigaciones han observado que una menor fuerza masticatoria se asocia con caras más largas y con una mayor incidencia de problemas de alineación dental por falta de espacio. Además, masticar predominantemente por un solo lado puede contribuir a la aparición de asimetrías faciales.
La forma de tragar (deglución) también juega un papel importante. En una deglución funcional, la lengua ejerce la fuerza principal contra el paladar. Cuando este patrón se ve alterado y los labios y las mejillas intervienen excesivamente, o la lengua se proyecta hacia adelante, pueden aparecer alteraciones en el crecimiento de las mandíbulas, malposiciones dentarias e incluso problemas respiratorios o auditivos.
Por último, la postura corporal, especialmente la relación entre la cabeza, el cuello y la columna vertebral, puede influir en la dirección del crecimiento facial. Una postura inadecuada mantenida en el tiempo se ha relacionado con dificultades respiratorias, problemas del sueño como ronquidos o apneas, y con maloclusiones dentales. Fomentar prácticas saludables desde la infancia, por lo tanto, contribuye a una mejor salud facial y calidad de vida a largo plazo.




