El patrimonio audiovisual es considerado uno de los más frágiles, ya que los soportes de vídeo caducan. Las cintas magnéticas, a diferencia de la piedra o el papel, se degradan lentamente y se borran, incluso sin ser utilizadas. Formatos tan comunes en los hogares de los años 80 y 90 como el VHS tienen una esperanza de vida estimada de solo veinte a treinta años.
Otros sistemas posteriores como el 8 mm o el Hi8 pueden experimentar una pérdida de señal significativa (del 10 al 20%) después de dos décadas debido a la desintegración magnética. Este proceso amenaza con hacer desaparecer una parte fundamental de nuestra memoria común, creando un vacío entre el celuloide y el archivo digital.
A menudo, cuando se habla de patrimonio audiovisual, se piensa en archivos institucionales, pero se olvida el valor incalculable de los archivos particulares. Estas grabaciones domésticas y actos populares configuran un relato vivo de los pueblos y su gente. Digitalizarlos no es una cuestión de nostalgia, sino de responsabilidad colectiva para evitar que estos testimonios se desvanezcan.
En este contexto, la figura de Julio Gutiérrez, fallecido recientemente a los 88 años, adquiere un significado especial en Gelida. Fue una de las almas de la segunda etapa de Televisió de Gelida y un guardián persistente de la imagen durante más de veinte años.
Como cámara y miembro del consejo rector, Gutiérrez grabó actos de todo tipo y momentos cotidianos del municipio. También fue clave en la colaboración para la emisión en streaming de las 1es Jornadas de la Penedesfera en 2008, además de recopilar en su archivo personal los eventos realizados en el pueblo durante los períodos sin emisión de la televisión local.




