El texto comienza cuestionando la ruptura de las normas internacionales, señalando que, a pesar de los intereses económicos, siempre hay una persona que decide y asume la responsabilidad. Esta reflexión inicial sirve como punto de partida para un análisis más profundo de la conducta humana.
Se distingue entre la ecología (el estudio de las relaciones de los seres vivos con el medio, del griego oikos: casa y logos: estudio) y la etología (el estudio de la conducta animal, ethos: conducta y ética), estableciendo un puente conceptual entre el respeto y la ética.
Para ser una persona histriónica y narcisista, se debe ser, en primer lugar, egocéntrica, lo que significa que el mundo comienza y termina en ella misma, sin tener en consideración a los demás.
El artículo utiliza la genética para ilustrar la diferencia de conducta, recordando que los humanos comparten un 98% de los genes con el cerdo doméstico, pero solo un 84% con el jabalí (porcus singularis). Este 14% de diferencia se asocia a una conducta más depredadora, solitaria e indiferente al daño colateral.
La conclusión implícita es que la conducta del solitario, que solo busca su supervivencia sin límites territoriales y con «buenos colmillos para morder», es análoga a la de los dirigentes políticos que actúan de manera histriónica y narcisista.




