El estado actual del casco antiguo, delimitado entre la Muralla, la carretera de Vic, Sant Domènec y el río Cardener, ha sido descrito como un “quebradero de cabeza complicado, feo y degradado”. Esta situación se atribuye a la falta de proyectos globales a largo plazo y a la indiferencia política y privada a lo largo de los años.
El mayor reto es qué haremos con las personas vulnerables que viven allí mientras todo esto se ordena y cómo animaremos a nuevos residentes.
Históricamente, el centro ha sufrido una devastación significativa. Primero, por la acción de las tropas borbónicas en 1713 durante la Guerra de Sucesión, y posteriormente por el ejército napoleónico en 1811 en la Guerra del Francés. A esto se suma la dejadez de la burguesía local y las decisiones urbanísticas del siglo XX que demolieron “auténticas joyas arquitectónicas”.
El desafío actual va más allá de la simple rehabilitación, ya que se considera necesario “derribar y esponjar” para mejorar la calidad de vida. Aunque existe una inyección de veinticinco millones de euros, el concejal Alonso ha enfatizado que estos fondos no son la solución definitiva, sino que se requiere un compromiso sostenido de la sociedad de Manresa.




