Durante años, la aspirina ha sido un tratamiento habitual en las consultas de cardiología para la prevención de infartos. Sin embargo, nuevos estudios han puesto en duda la utilidad generalizada de este hábito, llevando a especialistas, como el doctor Aurelio Rojas, a establecer criterios más estrictos sobre quién puede beneficiarse.
El medicamento actúa inhibiendo de forma irreversible la enzima COX-1, evitando que las plaquetas se activen y se adhieran entre sí. Este mecanismo es clave para frenar la formación de coágulos que pueden obstruir una arteria del corazón cuando una placa de grasa se rompe, desencadenando un infarto.
“"El beneficio es pequeño y el riesgo de sangrado puede superar la ventaja."
El doctor Rojas insiste en que la aspirina solo está indicada en dos grandes grupos. El primero son las personas que ya han sufrido un infarto o una angina de pecho. El segundo grupo incluye pacientes de alto riesgo que aún no han tenido un evento, como los diabéticos de larga evolución o aquellos con insuficiencia renal y factores de peligro adicionales como la hipertensión o la obesidad.
Para el resto de la población sin enfermedad cardiovascular previa, el uso rutinario no se recomienda. La razón principal es que, al dificultar la agregación de las plaquetas, la aspirina aumenta el riesgo de hemorragias, un peligro que, según los nuevos criterios, supera el pequeño beneficio preventivo en pacientes de bajo riesgo.




