La pareja boliviana, con un hijo de 9 años, representa la cara de la pobreza en Cataluña: familia migrante con hijos. La mujer, Flores, llegó en enero de 2022 y seis meses después se unió el padre, Morillo, tras vender todas sus propiedades para "invertirlo todo" en una nueva vida. Este era el segundo intento de migrar de Morillo, quien veinte años atrás había intentado cruzar México hacia Estados Unidos en el temido tren conocido como La Bestia, pero fue expulsado en Houston.
“"Todos los sueños se esfumaron en un solo segundo."
La motivación principal para emigrar no fue la pobreza, ya que los sueldos de enfermera y panadero les permitían salir adelante, sino la “inseguridad” y la violencia de las bandas en Bolivia. El objetivo era que su hijo tuviera oportunidades de prosperar. Actualmente, el menor domina el catalán y juega al fútbol en un club infantil, una vía de escape de la dureza familiar.
“"Solo con que el niño tenga estudios, nosotros ya hemos ganado."
Viven en una antigua bodega en el límite de Sant Adrià con Barcelona. Después de ocuparlo inicialmente, lograron convencer a la propietaria para alquilarlo legalmente. Actualmente pagan 650 euros mensuales y tienen cédula de habitabilidad. A pesar de la legalidad, sin permiso de residencia y con trabajos intermitentes, llegar a fin de mes es “difícil”, dependiendo de la ayuda alimentaria de entidades sociales.
Esta vida en locales comerciales reconvertidos es el nuevo rostro del sinhogarismo, según David Espinós, director de Amics del Quart Món. La entidad detecta a menudo estos casos por las cortinas que cuelgan en las ventanas de antiguas tiendas cerradas en barrios como la Pau o la Verneda, ya que la presión urbanística ha vaciado los asentamientos informales tradicionales de Barcelona.




