La exposición, titulada Esther Boix. Un mundo en lucha, se puede visitar hasta el 12 de julio y ofrece una visión completa de la vida y obra de Boix (Llers, 1927 - Anglès, 2014), una figura que desafió las convenciones de su época y fue pionera en el camino hacia la modernidad artística. La muestra, que llega a las puertas del centenario de su nacimiento, subraya su evolución personal, que comenzó con una profunda observación del ser humano para culminar en una mirada ampliada hacia la naturaleza.
En un siglo de relectura del siglo XX, especialmente en el ámbito artístico, las mujeres artistas están ganando el reconocimiento que históricamente les había sido negado. Después de poner en valor figuras como Lluïsa Vidal, Mari Chordà, Olga Sacharoff o Eugènia Balcells, ahora es el turno de Esther Boix con esta gran retrospectiva, la más importante desde la exposición Esther Boix. Espejos y espejismos celebrada en Girona en 2007. El comisario de la muestra es Bernat Puigdollers.
Aunque su nombre puede ser poco conocido para el gran público, Esther Boix fue una artista fundamental del arte contemporáneo catalán. Formó parte del movimiento Estampa Popular Catalana, período en el que creó obras como Mujer que friega y los hijos encerrados (1965), que forma parte de la colección del Museo Reina Sofía. La exposición actual incluye una versión similar, Mujer que friega (1966). Según el comisario, Boix fue una artista avanzada en sus reivindicaciones feministas, su lucha política, su vocación educativa y su conciencia ecológica.
El recorrido expositivo, que ocupa las dos salas de Espais Volart, sigue un orden cronológico, mostrando cómo su pintura refleja sus vivencias personales y el contexto de su época. Sus inicios están marcados por una visión introspectiva, influenciada por la poliomielitis que sufrió de pequeña. Esta circunstancia la llevó a afinar el sentido de la contemplación en un contexto de posguerra, con escenas cotidianas como Mi hermano (1948) y figuras solitarias como Mujer con silla (1950), que evidencian su técnica aprendida en la Escuela de Bellas Artes.
En este entorno académico, conoció al escultor Josep Maria Subirachs y al escritor Ricard Creus, quien se convertiría en su pareja. Juntos fundaron el grupo artístico Postectura, que defendía la realidad y las formas puras. De esta época son pinturas con un estilo cercano al fauvismo, como Músicos de jazz (1951), El café (1953) o El hombre del pan (1960). La propia Boix, en una proyección audiovisual de la muestra, afirmaba que fue el período en que comenzó a desaprender todo aquello que consideraba demasiado encorsetado de la escuela.
Más tarde, ya como pareja, Esther Boix y Ricard Creus viajaron a Milán, donde coincidieron con intelectuales y artistas que les abrieron un nuevo mundo. Esta influencia se refleja en obras como Il naviglio (1957) o el Autorretrato de 1958, donde el rostro de la artista destaca sobre un fondo azul intenso, y aún más en la pintura del mismo año dedicada a su hijo Adrià, ya de regreso a Barcelona.
Implicada en los movimientos antifranquistas, en 1966 fue detenida por los hechos conocidos como La Capuchinada. En esta época, su obra se acercó al cartelismo, con una clara intención de manifiesto, como Los que apedrean o Los que son apedreados (1965), en alusión a las protestas callejeras, o Tríptico de la incomunicación (1967), que refleja su experiencia en comisaría.
Paralelamente a su obra creativa, Boix también desarrolló una destacada labor pedagógica. Junto con Maria Dolors Bonal, Pilar Anglada y Ricard Creus, fundó en 1967 la escuela L'ARC, un centro innovador dedicado a la música, las artes plásticas y la expresión oral, que fomentaba los valores sociales y humanos de los alumnos. La muestra incluye entrevistas en vídeo a antiguos estudiantes para acercarse a esta experiencia.
Con los años, su mirada se volvió más esencial, centrándose en el paisaje: bosques, campos, ríos. Tras la muerte de Franco, el matrimonio se instaló en la Garrotxa, donde Esther Boix observó el entorno con una intensidad renovada. De esta etapa surge una serie dedicada a La Fageda d'en Jordà y estampas como Desembocaduras (1975), Tormenta (1981) o Caminos ingrávidos (1984). El recorrido cronológico por su obra culmina con la pintura La nada y el hombre. Homenaje a Goya (1996), una versión de la obra Perro semihundido de Goya, que refleja un pensamiento relativista sobre la existencia humana y sintetiza su viaje vital.




