Antiguamente, la Pascua era sinónimo de estrenar ropa de primavera, a pesar del frío que aún podía hacer en el Berguedà a principios de abril. También se recuerda el Domingo de Ramos con palmas, palmones o ramas de laurel adornadas con galletas.
La mona de Pascua tradicional era una creación de fruta con cuatro plumas de colores, un pollito, una chocolatina de tamaño máximo de huevo de avestruz y, por supuesto, la figurita de goma de moda, como los Bobobobs, Wally, los Fraggle Rock o Son Goku.
Los tiempos han cambiado, y con ellos, las modas. Hoy en día, la mona ya no es del tamaño de un huevo de avestruz, sino que ha evolucionado hasta dimensiones de un huevo de Diplodocus, reflejando un mayor marketing y consumismo, o quizás la creciente destreza de los chocolateros.
A pesar de la nostalgia de tiempos pasados, la alegría y la fortuna de ostentar el cargo de madrina y seguir manteniendo viva una de las tradiciones más nuestras.
La Pascua sigue siendo un símbolo de resurrección y de almendros en flor. Es la ocasión para comprar zapatos al ahijado y prepararlo todo para ensuciarse las manos de chocolate, llenando el corazón de alegría al ver que, a pesar de todo, todavía hay momentos de esperanza y celebración.




