Los recientes accidentes ferroviarios han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de un sistema de transporte que la opinión pública considera insoportable para una sociedad del siglo XXI. Se cuestiona que se hable de "mala suerte" o "desgracia" ante sucesos como el paso de otro tren en sentido contrario o el deslizamiento de un muro provocado por las lluvias o una Dana.
Esta percepción de negligencia se extiende a otros sectores clave. El autor recoge el sentimiento de agricultores, pescadores, médicos, docentes y maquinistas, que manifiestan estar al límite. Se hace referencia a las tres enfermedades de declaración y sacrificio obligatorios que, en pocas semanas, han afectado gravemente al sector primario.
Escalofriante constatar que esta es la incompetencia, la ineficacia, la ineficiencia, la burocracia... de un sistema que utiliza cantidades estratosféricas de dinero y medios que se pierden por el colador de la corrupción.
Como ejemplo histórico de negligencia prolongada, se recuerdan los accidentes terroríficos que se producían en el cruce de Balaguer conocido como "El Empalme". La causa era siempre la misma: alguien no respetaba el stop. Pasaron años hasta que las autoridades hicieron la inversión necesaria para evitarlo, sustituyendo la solución anterior de poner carteles que anunciaban el número de muertos.
En Cataluña, el caos ferroviario se arrastra desde hace años, afectando primero a Renfe, luego sumándose Adif y ahora, con un traspaso que se percibe como incompleto, la Generalitat. La opinión concluye que la causa de la desgracia mayor es la incompetencia y la ineficacia en la previsión y la actuación, y no la simple casualidad.




