Durante las tareas de desalojo y saneamiento, los trabajadores han expresado su sorpresa por las condiciones de extrema precariedad en las que vivían los ocupantes. La zona presentaba una gran cantidad de desechos acumulados que habían favorecido la proliferación de plagas de roedores de gran tamaño.
Según han relatado los testigos de la actuación, la presencia de ratas era constante y los animales mostraban una falta total de miedo ante los humanos. Este punto de la capital del Segrià se ha convertido históricamente en uno de los espacios con mayor presión de infravivienda.
Los antecedentes de este asentamiento se remontan al año 1990, cuando familias procedentes del Barrio Antiguo y de las orillas del río se instalaron en casas abandonadas que habían sido expropiadas por las obras de canalización de Lleida.




