El vestíbulo de la estación de Tarragona presentaba un aspecto desolador, con los andenes vacíos de pasajeros, mientras que varios informadores de Renfe y personal de seguridad explicaban a los pocos usuarios que llegaban que no había servicio. En las vías, cinco convoyes permanecían detenidos, reflejando la incertidumbre generalizada.
La tensión aumentó con la llegada de un tren de la R-16, procedente de Tortosa, que finalizó inesperadamente su trayecto en la capital tarraconense. Una de las afectadas, Marga, que había subido en L'Ametlla de Mar, denunció que no fueron informados de la cancelación hasta la altura de Vila-seca y que no se les ofreció ningún servicio de transporte sustitutorio para continuar hacia Barcelona.
“"Es una incertidumbre, sabes cuándo sales de casa, pero no si podrás volver, no habla nada bien del servicio ni del país, nadie se hace responsable de nada."
Otra viajera, Marta, que habitualmente toma el tren en Vila-seca después de conducir desde Miami—Hospitalet de l'Infant para ir a trabajar a Barcelona, criticó duramente la gestión de la crisis. Tuvo que recurrir a su hijo para volver a casa y lamentó la falta de previsión, calificando la información recibida de “caótica”.
Marta señaló que si ya se preveía la cancelación de los trenes, se debería haber comunicado con antelación para permitir a los usuarios organizarse. A pesar de la indignación por la situación, ambas pasajeras expresaron su comprensión por las acciones de los maquinistas, entendiendo que se relacionan con la seguridad del servicio.




