La paradoja de la Navidad: entre la ilusión, el consumismo y la diplomacia familiar

La articulista Teresa Miserachs analiza con ironía cómo la época festiva se convierte en un "gran experimento social" lleno de dilemas decorativos y excesos gastronómicos.

Reflexión sobre la complejidad de las tradiciones navideñas, el consumismo y las reuniones familiares.
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Reflexión sobre la complejidad de las tradiciones navideñas, el consumismo y las reuniones familiares.

La columnista Teresa Miserachs reflexiona desde Tàrrega sobre la transformación social que experimentamos durante la Navidad, destacando la tensión entre la tradición y el consumismo descontrolado.

El inicio de diciembre marca una época donde la sociedad se transforma, dedicando grandes esfuerzos y gastos a luces, regalos y menús interminables, a menudo bajo la banda sonora de canciones como "I és Nadal..." de Joan Dausà. Esta época es descrita por Miserachs como un "gran experimento social" donde se combinan forzosamente familia, tradición, comida y consumismo.
Los dilemas comienzan con la decoración, desde la proliferación de luces en las calles hasta la elección entre un árbol natural (que convierte el comedor en un bosque) o uno artificial. La columnista ironiza sobre la "personalidad propia" de las luces navideñas, que fallan en cadena, y la complejidad del belén, donde figuritas dispares y un "pastor exageradamente grande" conviven con la búsqueda del caganer.

La Navidad es única, caótica, brillante, sentimental, agotadora y absolutamente entrañable. Es un gran experimento emocional envejecido en años y purpurina.

La inercia gastronómica de las fiestas lleva a un consumo excesivo, desde la escudella hasta los turrones, a menudo acompañado de vino de baja calidad que dispara los debates familiares. Respecto a los regalos, Miserachs lo define como un "deporte de riesgo", especialmente cuando los destinatarios "no necesitan nada". La apertura de regalos se convierte en una "masterclass de diplomacia emocional" para disimular la decepción ante un "jersey horrible", donde el tique de cambio se convierte en el héroe silencioso.