La unidad ofrece un acompañamiento integral hasta los 18 años, abordando secuelas que afectan a dos de cada tres supervivientes. Mari Molero, responsable del servicio, destaca que el impacto emocional es la secuela más común, manifestándose a menudo en forma de ansiedad o depresión tras finalizar los tratamientos agresivos.
“"Han roto con su vida durante mucho tiempo y les cuesta volver a la normalidad, pese a tener ganas."
Un ejemplo de superación es Marcel, vecino de Sant Antoni de Vilamajor, quien tras superar un linfoma ahora juega al fútbol y toca la batería. Sin embargo, otros pacientes como Aina enfrentan retos diarios debido a patologías crónicas como la diabetes insípida, requiriendo un control constante por parte de especialistas en endocrinología y nutrición.




