Las epidemias y la insalubridad que castigaron Vallmoll en el siglo XIX

La falta de alcantarillado y la pobreza facilitaron brotes de cólera, viruela y difteria, generando alarmismo y disputas políticas.

Representació històrica de les condicions sanitàries precàries en un poble rural català del segle XIX.

Representació històrica de les condicions sanitàries precàries en un poble rural català del segle XIX.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, la población de Vallmoll (Alt Camp) sufrió graves y frecuentes epidemias de cólera, viruela y sarampión, causadas principalmente por la pobreza y la falta de higiene y saneamiento.

El Vallmoll del siglo XIX, como muchos pueblos del Camp de Tarragona, vivía bajo condiciones sanitarias rurales precarias. La pobreza, la higiene personal limitada y la falta de un sistema de alcantarillado eficaz fueron el caldo de cultivo perfecto para enfermedades como el cólera, la fiebre tifoidea y la viruela.
La prensa de la época reflejó la alarma sanitaria. En 1870, la viruela se desarrolló de forma alarmante, llevando a varios habitantes a buscar la vacuna en Falset. Más grave fue la epidemia de cólera de 1885, que provocó una mortalidad importante. Al año siguiente, en 1886, se celebraron fiestas en acción de gracias a su patrón San Sebastián por haberse visto libres del mal.
En 1887 se vivió un episodio de alarmismo por el sarampión, con noticias que hablaban de pánico y familias que emigraban. Se solicitó al Gobernador civil que dictaminara medidas, pero la noticia fue desmentida posteriormente, atribuyendo el origen de la falsa alarma a la muerte de solo dos niños la semana anterior.

Se acusó a la municipalidad de gastar las 1500 pesetas para instalar un órgano en la iglesia en lugar de construir un matadero, un factor clave en la insalubridad.

Otro foco de atención fue la difteria en 1888. Se registraron más de 50 afectados y cinco defunciones desde junio de 1887. Las denuncias públicas señalaron tres focos de insalubridad: el transporte de aguas sucias (letrina) por las calles céntricas, un lavadero en malas condiciones del Sr. Ballester, y los charcos de sangre frente a las tiendas de cerdos por la falta de un matadero.
Además, se vendió carne de buey en mal estado, autorizada por el secretario del Ayuntamiento sin la aprobación del inspector de carnes. Estas condiciones tuvieron un impacto demográfico severo, con una mortalidad infantil elevada. La situación mejoró lentamente, culminando con la construcción de los lavaderos a la entrada del pueblo en 1908, buscando eliminar los focos de contagio internos.
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