Durante años, el dolor se ha explicado principalmente desde una perspectiva física, centrándose en lesiones o contracturas. Sin embargo, la profesional Cassiana Campos observa un cambio significativo en su consulta, donde los pacientes, especialmente los jóvenes, llegan con tensiones más profundas que a menudo nacen de una vida acelerada y la falta de espacios para sentir.
Para Campos, el cuerpo es el primero en avisar cuando las emociones no encuentran espacio o el ritmo vital es insostenible. Esta conciencia ha crecido, y ahora los pacientes son más capaces de verbalizar su situación: “Antes la gente decía 'me duele la espalda' y ahora dicen 'me duele la espalda y me noto muy ansiosa, angustiada...'”, explica.
“"Ellos han entendido que quieren estar bien de verdad, no quieren seguir tirando de ibuprofeno y paracetamol. Ellos quieren estar bien de verdad."
Este cambio de perspectiva se hizo especialmente evidente a partir del confinamiento por la COVID-19, una pausa forzada que permitió a muchas personas reconectar con su cuerpo y sus emociones. Esta apertura se refleja en la normalización de la terapia psicológica entre los jóvenes, que ven en la búsqueda de ayuda una “suerte” y no un estigma.
La profesional subraya que si no se aborda el estado emocional, es difícil que el tratamiento físico sea efectivo. Por ello, en su consulta, el cuerpo y la mente tienen el mismo peso. La clave para el bienestar integral, según Campos, es mantenerse en “movimiento”, ya sea físico, psíquico o social, evitando la inercia de quedarse sentado y desconectado.




