Su obra más célebre es Sátántangó, resultado de una colaboración inicialmente tensa con el escritor László Krasznahorkai, quien lo rechazó antes de aceptar su propuesta. Esta relación culminó también con el guion de la espléndida El hombre de Londres, basada en un relato de Simenon.
Tarr defendía que obras como Sátántangó, de más de siete horas, debían verse enteras, considerándolo un ejercicio fundamental de la experiencia. Su mirada se entrelazó con la prosa de Krasznahorkai, ganador del Nobel, compartiendo una narrativa de lentitud y demorándose en la belleza y la suciedad de la realidad.
“"¡Sois libres, me cago en la industria cinematográfica! Vivid la vida, estudiad la vida. Y el cine... vendrá."
Su filosofía estética y política se resumía en su visión de que una película es “una persona” con la que se comparte intimidad. Esta exclamación la realizó el pasado marzo en Barcelona, en una de sus últimas apariciones públicas ante su auditorio.
El cineasta trató temas como el silencio, el barro y la lluvia, reflejando el universo palpable desde la infancia en la Hungría comunista hasta los marginados de Viena en su último trabajo, realizando una incisión dolorosa en el colapso del humanismo y el triunfo del capitalismo.




