La tristeza y el resentimiento invadieron Montilivi una vez confirmada la tragedia deportiva del Girona FC. Minutos después de la fatalidad, la afición dirigió su rechazo hacia el palco, haciendo oír con fuerza el clamor de «directiva, dimisión». El CEO de la entidad, Mas-Bagà, presenció desde fuera una situación que cierra un ciclo que llevó al club de la Champions League a Segunda División en solo dos años. La distancia entre la propiedad y los seguidores, ya considerable, parece ahora insalvable.
Un aficionado desde el gol norte expresó la indignación general: «Si tenéis dignidad, iros». Las críticas también apuntaron hacia Pere Guardiola y el director deportivo, Quique Cárcel, quien deberá explicar la mala planificación que ha arrastrado el vestuario durante toda la temporada, a pesar de los intentos de reavivación. El equipo tuvo la permanencia en sus manos, pero desaprovechó numerosas oportunidades, tirándolas «a la basura», según se podía oír entre el público. Los jugadores también recibieron alguna queja, pero el dolor generalizado parecía pesar más que la rabia.
El estadio vivió una noche que se añade a los capítulos negros de la historia del club. La afición, sin embargo, superó todas las expectativas. Desde varias horas antes del partido, la recepción a la plantilla fue excepcional, una de las más grandes de los casi veinte años de fútbol profesional del club. El autobús de los jugadores se detuvo antes de entrar al estadio, y los futbolistas recorrieron los últimos metros a pie, entre una multitud entregada y emocionada, bajo una bola de humo rojo.
La tensión creció con la llegada del equipo rival, el Elche. Varios objetos impactaron contra su autobús, provocando quejas de su entrenador, Sarabia. Afortunadamente, no se registraron incidentes ni antes, durante o después del encuentro, a pesar de la coincidencia de las dos aficiones, siempre bajo control de los agentes de seguridad.
Los 14.018 espectadores presentes cantaron y apoyaron incondicionalmente, incluso cuando el desenlace negativo parecía inevitable. El público no obtuvo respuesta desde el campo, especialmente en una primera parte donde el Girona no chutó a portería hasta el tiempo añadido. Montilivi reaccionó con una pitada ante la pasividad ilógica del equipo. La efervescencia del empate duró poco ante un final de luto que la afición no merecía y que ni el entrenador, Míchel, ni nadie del equipo supo revertir. Fue una noche negra, la última en Primera División.




