“"Todos los señores de la villa llevan pelo en la cara. Bigote y perilla una buena parte; medias patillas, casi todos (...) Patillas, luchanas, barbas, de todo había menos caras afeitadas. Las caras afeitadas parecían de presidiario. ¡Cómo cambian las mentalidades, las modas!"
De barberos cirujanos a peluquerías 'à la garçon': la historia del culto al cabello en Sabadell
El oficio de barbero, que requería título y a menudo incluía tareas médicas, evolucionó con el auge de las peluquerías femeninas en los años veinte.
Por Anna Bosch Pujol
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Ilustración de una barbería antigua con sillas de cuero y utensilios de peluquería, sin personas reconocibles.
El análisis de las memorias de Marian Burguès y los registros de Josep Costajussà revela cómo los primeros establecimientos de cuidado capilar en Sabadell, desde mediados del siglo XIX, reflejaban la vida social y las modas de la época.
La profesión de barbero en Sabadell, documentada por Marian Burguès en sus memorias Sabadell del meu record, era de gran importancia social a mediados del siglo XIX. Los barberos no solo cortaban el pelo y afeitaban, sino que también ejercían funciones paramédicas, como poner sanguijuelas, sangrar o dar ayudas, una práctica que requería un título.
Durante el primer tercio del siglo XX, Josep Costajussà registró establecimientos emblemáticos como "la tienda de Cal Pau" (abierta desde 1852 en la Rambla), la Barberia Puigroig o la de Francesc Roca, que se trasladó a la Rambla en 1914. Las condiciones laborales eran duras: los barberos cobraban menos que los tejedores (50 pesetas semanales) y trabajaban sin horario fijo, adaptándose a las largas jornadas de los obreros.
El auge de la peluquería femenina llegó con la moda del pelo corto, à la garçon, en la década de 1920. En esta época, Sabadell ya contaba con una veintena de peluquerías de señoras. Una pionera fue Antica Montllor Pont, que en 1900 abrió su "tienda de peinar" y se levantaba a las cuatro de la madrugada para atender a las vendedoras del mercado.
Una práctica habitual hasta bien entrado el siglo XX era la privacidad: los cristales de las barberías eran opacos o cubiertos con cortinas, ya que se consideraba inapropiado que se viera a los clientes mientras los arreglaban. Esta tendencia cambió en 1941, cuando Roca fue el primero en instalar una cristalera transparente, introduciendo también el servicio de manicura.



