Barcelona vive un momento dulce en la cultura quesera, donde el producto ha pasado de ser un simple artículo de mostrador a un elemento de relato y oficio. Esta selección incluye 11 direcciones donde el queso no solo se vende, sino que se entiende y se defiende, abarcando desde obradores urbanos hasta templos del producto internacional.
Tiendas históricas como Camarasa Formatges (calle de Santaló), abierta a finales de los 70, siguen siendo referencia con unas 350 referencias locales y europeas. Aran Taribó, la tercera generación, lidera el negocio. De manera similar, Formatgeria Simó (Sant Pere Més Alt) ofrece un fondo enciclopédico con cerca de 450 quesos diferentes cada año, siguiendo el ritmo de las estaciones.
La selección es reducida, pero muy pensada con una lógica casi militante: quesos artesanos locales e internacionales de calidad, firmados por pequeños productores que trabajan de manera respetuosa y sostenible.
Otros establecimientos destacan por su especialización y filosofía. Pinullet (Sant Gabriel) es una rareza urbana donde el queso se hace y se vende en el mismo espacio, promoviendo la proximidad radical. Llet Crua (en Sants) se centra exclusivamente en el queso catalán artesano con leche sin pasteurizar, compartiendo una ética de pequeña escala y clara identidad.
Lugares como La Teca de Vila Viniteca (Agullers), capitaneada por Eva Vila, son considerados archivos vivos del gusto, ofreciendo un surtido inmenso y asesoramiento preciso. Además, Artefor (Salvà) funciona como punto de encuentro para expertos y curiosos, con piezas experimentales y vocación divulgativa a cargo de los queseros David Morera y Jordi Arroyo.




