La historia de la línea ferroviaria Barcelona-Mataró, inaugurada en 1848, estuvo marcada por la tensión desde sus inicios, tal como sufrió su impulsor, Miquel Biada. Este pionero tuvo que luchar contra la falta de inversores y los intentos de boicot, una situación que contrasta con las crisis actuales de Rodalies.
Nacido en Mataró en 1789, Biada emigró a Venezuela y, posteriormente, a Cuba, donde hizo fortuna. Fue en la isla caribeña donde presenció en 1837 el viaje inaugural de la primera línea ferroviaria española (La Habana-Güines), y prometió que conseguiría una línea similar para su ciudad natal.
Cuando regresó a Catalunya en 1840, encontró dificultades para obtener financiación local, y el proyecto se salvó gracias a la inversión de capital inglés, lograda con la ayuda de Josep Maria Roca. Sin embargo, su salud se resintió debido a su dedicación a las obras.
Los sabotajes a las obras se atribuyeron, entre otros, a los conductores de diligencias que veían amenazado su negocio, aunque esto nunca se probó. Lo que sí es seguro es que Biada murió el 2 de abril de 1848, meses antes de la inauguración del tren el 28 de octubre, a causa de una neumonía contraída vigilando las obras durante noches gélidas.
A pesar de su legado ferroviario, el nombre de Biada, presente en un instituto y una estatua en Mataró, arrastra la controversia de haber sido defensor del esclavismo, aunque no se ha demostrado que participara directamente en el tráfico de personas.




