En el Empordà, al igual que en otras regiones de Cataluña, la población muestra cansancio por la disparidad entre la retórica política y la acción gubernamental. La crítica se centra en la tendencia de los ejecutivos a emitir “grandes palabras y promesas solemnes” que no se traducen en resultados tangibles.
El ejemplo más evidente es la crisis de la vivienda. A pesar de las promesas anuales de aumentar el parque de pisos, la realidad demuestra que las necesidades de familias, jóvenes y trabajadores no se cubren. Esta situación obliga a muchos jóvenes del Empordà a abandonar su localidad ante el aumento descontrolado de los precios y la escasez de oferta.
El Empordà no necesita más discursos bien dichos. Necesita menos palabras y más hechos. Necesita gobiernos que digan lo que pueden hacer y hagan lo que dicen. Porque gobernar no es hablar bien. Es cumplir.
Esta dinámica de “prometer mucho y cumplir poco” no solo afecta a la vivienda, sino que se extiende a la presión fiscal sobre trabajadores y negocios, y a la calidad de los servicios públicos. También se subraya la sensación de que muchas decisiones se toman sin escuchar adecuadamente las necesidades del territorio.
Otras cuestiones que generan preocupación son la inmigración, considerada necesaria pero mal gestionada, y la seguridad, que ha pasado de ser un tema lejano a una inquietud creciente para los vecinos que solo piden poder vivir tranquilos. Se espera que el año 2026 marque un cambio hacia la priorización de las “realidades” sobre las “palabras vacías”.




